"Cuando naces, todos a tu alrededor sonrien orgullosos, y tu lloras… vive tu vida de forma que cuando tu mueras, seas tu el que sonria y todos a tu alrededor lloren.”
Miro al cielo. La lluvia moja mis zapatos y endulzan mis lágrimas. Todo a mi alrededor, todo lo que conozco desaparece. Solo queda la soledad del lugar, y el amanecer de la oscuridad.
Todo lo contrario al paraíso. El frío congela mis labios. Mis manos cicatrizan muy lentamente. Todo esto duele y resquebraja mi alma.
El latido de mi corazón retumba por todo el lugar. El eco de mis pensamientos, me matan. Todo es irreal, se me escapa de mis sueños.
Abro los ojos, y se abre mi corazón. Aparezco tirado en la tierra, lleno de polvo y sin poder tomar aliento. Mis lágrimas arden en mis mejillas, y mi aliento congela mis labios.
Cansado de todo, sin ánimos para nada. Solo tú y tu mirada… me hacen sentir calor… Pero todo es una ilusión.
De un millón de estrellas. De un millón de galaxias. Naciste para ser astronauta.
Su fuerza, Sus ansias de comerse el mundo. Eso es lo que le hace especial. Nada mas pisar La Tierra, clavó sus uñas en la realidad. Llegó con el corazón a mil.
Encontró a esa astronauta, la besó bajo el casco y pudo sentir el cálido roce de sus labios. Todo parecía irreal, nada era lo que se contaba en las otras galaxias. Pero esa astronauta, se fue sin avisar. Como un relámpago en su corazón, se clavo su último adiós.
Esa persona, esa noche. No quería estrellas en el cielo, no quería la luz de Sol. Con la flecha clavada en su alma. Camino sin destino, pisadas sin huellas. Nada se sostenía en su realidad.
Siempre buscando a esa chica, a esa sonrisa detrás del casco. Pero el astronauta, se quedaba sin oxigeno. Se le acababan los minutos en La Tierra. De repente el brillo de La Luna, ese cálido destello de viveza, le llamó.
No lo pensó dos veces, directo a la ilusión, con ignorancia e ingenuidad. Dispuesto a acabar con la soledad de aquel satélite.
Aterrizó. El polvo, las rocas, la soledad. Al ver eso, todo se volvió a derrumbar, solo quedaba caminar.
Caminar, caminar, caminar…
El astronauta no llegó a su destino. Miró hacia la izquierda y allí estaba. La Tierra. Con ese tono azul y tan bella y majestuosa. Una lágrima empañaba el casco y el llanto retumbaba por todo el traje.
Nadie le podía decir que todo sería distinto, que sería feliz.
Sin pasar un segundo, vio una figura. Otra vez su corazón volvía a latir, su sangre recorría sus venas azules.
Correr, correr. Es todo lo que podía hacer. Pero algo le inquietaba, algo le impedía seguir.
¿Será otra astronauta? No se preocupó por eso. Llegó a esa figura o mejor dicho a esa astronauta. Y pensó que no volvería a estar solo y que el calor volvería a su piel y que el roce de esos labios volvería a decir “Te quiero”.
Muchas experiencias. Demasiadas mentiras, pocas verdades. Sintiendo que todo se acaba.
Las palabras, cortas y breves. Intentado escoger el camino adecuado. Esbozando una sonrisa falsa. De nada sirve esos tragos de ron añejo y mucho menos pensar en esa persona.
En esta época del año. Frío, polvo y sufrimiento.
El ayer se fue, no merece la pena seguir viviendo en algo que no encuentra su camino. Noto que me falta algo, que el latir de mi corazón es más débil… que se agota con el tiempo.
Deseando dormir. Soñar, imaginar y sentir libertad. Poder escapar de esta rutina.
Correr y no mirar atrás y poder… poder… saltar al vacío y llegar al final de la línea…y al final de la Tierra.
Mi mente ha perdido. El pasado me ha superado y el presente se me escapa.
Dar el 100% en ese momento, dar tus uñas para agarrar la fantasía.
Adoro esas palabras que hacen daño, las que pueden destruir a una persona. Las miradas bastan y nada mejor que el “sarcasmo”.
Los sueños. Parecidos razonables a los aviones. Inalcanzables y poderosos.
Y todo esto pasa cuando llega el invierno. El frío que me cala los huesos. Fantasmas del pasado. Las calles se pintan de blanco, y de ese ambiente gris y oscuro.
Labios teñidos. Gritos afónicos. Enfados congelados. Engaños meditados y falsedad por todos lados.
Todo pasa por algo. Pero no hacemos nada para impedirlo, permitimos que nos arrollen los problemas y a veces no superan.
¡ZAS! Sin darte cuenta el duro invierno llegó. El aliento sin alma sale de mi boca. Asomado a mi balcón, sintiendo el frío del suelo en mis pies. Las nubes blancas como la sonrisa de esa chica. El sol me abofetea la cara. El calor me calienta la garganta.
Miro hacia abajo, el suelo congelado y los árboles vestidos con largos mantos de nieve.
Es hora de salir. Saco mi vieja bufanda gris del armario, mis viejos guantes rojos y mi sudadera de “Universita”.
Me visto. Siento la seda de la ropa en la piel, y ese tacto tan especial de la bufanda en mi garganta.
Salgo de mi casa. En el ascensor, últimos retoques en el espejo…. El flequillo por aquí, ajustarte la bufanda y listo.
Abro la puerta del portal. El frío se inyecta en mi cara, siento la adrenalina en mi cabeza. No me queda otra que caminar para que el ambiente no se congele.
El camino se hace largo. La calle no tiene alma. No existe vida alguna. Demasiado silencio…
Desearía volver a un lugar más sencillo.
Dame una oportunidad, dame un momento. Perdido en el dolor. Atrapado en el pasado.
Viajando en mi propio tren. Parece que este es el fin.